La Nación: Son argentinas y dejaron el trabajo en una multinacional para cumplir un sueño que les cambió la vida
09/10/2026
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Flor Cernuschi y Gise Ares eligieron una casa sobre ruedas y cuentan cómo transformaron su manera de entender el bienestar
El cartel que anuncia la llegada a Alaska estaba, por fin, frente a ellas. Hacía años que imaginaban ese momento. Habían recorrido más de 101.000 kilómetros, atravesado buena parte del continente americano, sorteado fronteras cerradas por una pandemia, aprendido mecánica para reparar su propia camioneta en medio de la ruta y descubierto que la incertidumbre puede convertirse en una compañera de viaje. Otras parejas de viajeros, conocidas en el camino, las esperaron para celebrar con ellas la llegada al extremo norte del continente. Aquella escena resumía, sin que ellas lo supieran todavía, una de las grandes enseñanzas de ocho años de ruta: el hogar no siempre es un lugar. A veces también son las personas que aparecen cuando más se las necesita. Paradójicamente, el viaje que las llevó desde Ushuaia hasta Alaska nunca empezó en el sur argentino. Comenzó mucho antes, en una oficina de Buenos Aires, donde dos profesionales que parecían haber alcanzado todo aquello que suele asociarse con una vida exitosa empezaron a hacerse una pregunta incómoda: ¿Y si la felicidad no estaba donde todos decían que debía estar?Flor Cernuschi y Gisela “Gise” Ares se conocieron hace quince años trabajando en una empresa multinacional. Se enamoraron casi de inmediato y apenas seis meses después ya estaban casadas. Compartían la misma curiosidad por conocer el mundo y, cada vez que podían, aprovechaban las vacaciones para viajar con mochila al hombro, alejadas de los circuitos turísticos tradicionales. La idea no era mirar el lugar que visitaban como turistas, sino vivirlo como locales. Querían caminar las ciudades, conversar con la gente, bucear, descubrir otras culturas e imaginar, aunque fuera por unos días, cómo sería vivir allí. La caminata que fortalece brazos, piernas y abdomen y exige fuerzaY siempre ocurría lo mismo. El último día del viaje, mientras preparaban las valijas para volver a Buenos Aires, una de las dos rompía el silencio con la misma frase: “Acá podríamos vivir”. Lo habían dicho frente al mar, en una ciudad perdida o después de una inmersión de buceo. Después subían al avión y regresaban a la rutina.A los cargos de responsabilidad, a las reuniones, a los horarios y a una rutina que, poco a poco, empezaba a sentirse demasiado estrecha. Lo curioso es que no estaban escapando de una mala vida. Tenían buenos trabajos, estabilidad económica y proyectos profesionales que seguían creciendo. Pero algo había cambiado.“Cuando miramos hacia atrás nos damos cuenta de que Alaska era el destino en el mapa, pero el verdadero viaje era hacia la expansión personal y profesional. No estábamos huyendo de nada; buscábamos una vida vivida con mayor intención, donde el tiempo y las decisiones volvieran a alinearse con nuestros valores”, reflexionan hoy. Durante aquellos años de oficina también apareció otra pasión: el buceo. Las dos se convirtieron en instructoras y empezaron a enseñar primeros auxilios y rescate. Sin saberlo, estaban incorporando las herramientas que años después les permitirían reinventar también su manera de trabajar.Pero el verdadero punto de inflexión nació de una idea mucho más íntima.Gise había construido su vida alrededor de objetivos muy concretos. Antes de los 35 quería conocer Europa. Lo logró. Después se propuso otro desafío: antes de los 40 quería tener una casa propia. Como tantas personas de su generación, imaginaba que ese sueño llegaría de la mano de una hipoteca, un crédito o un departamento.Hasta que un día entendió que quizá estaba formulando mal la pregunta. “¿Y si nuestra casa pudiera viajar con nosotras?“.La respuesta no apareció de inmediato. Fue madurando durante años, mientras ambas seguían regresando de cada viaje con la misma sensación de que el mundo ofrecía muchas más formas de vivir de las que conocían.El clic definitivo llegó en México. Acababan de salir de una inmersión en una cueva llamada Calimba cuando Flor, que hasta ese momento todavía dudaba, pronunció una frase que cambiaría para siempre la historia de las dos. “Volvamos. Vendamos todo”.No era una decisión impulsiva. Durante casi dos años prepararon el proyecto con una meticulosidad que hoy desarma el mito romántico del “dejar todo”. Vendieron la mayor parte de sus pertenencias, renunciaron a sus trabajos, buscaron el vehículo adecuado y aprendieron todo aquello que nunca habían necesitado saber: mecánica, electricidad, carpintería y sistemas básicos para convertir una vieja Volkswagen en una casa rodante capaz de acompañarlas durante miles de kilómetros.Rumbo a la aventuraEl 19 de marzo de 2019 giraron la llave de la Volkswagen por primera vez. No sabían cuánto duraría el viaje. Solo tenían una certeza: ya no querían seguir postergando la vida que imaginaban.La primera etapa del viaje tenía un objetivo concreto: recorrer la Argentina hasta Ushuaia. No solo porque querían unir algún día el extremo sur con el norte del continente, sino porque necesitaban comprobar si esa nueva vida era realmente posible. La camioneta también estaba a prueba. Ellas, más todavía. Y dentro del propio país se sentían más seguras. “Todo el mundo piensa que un viaje así empieza cuando girás la llave y salís a la ruta. Para nosotras había empezado mucho antes, cuando decidimos construir una vida distinta”, cuentan.A medida que avanzaban por el camino, fueron descubriendo algo que no habían imaginado. El viaje dejó de ser un proyecto íntimo. Gracias a su experiencia como instructoras de buceo y primeros auxilios comenzaron a dar capacitaciones en escuelas rurales, clubes y pequeñas comunidades. El boca a boca hizo el resto. De pronto, la hoja de ruta dejó de ser una línea recta. Cruzaban la cordillera una y otra vez para responder invitaciones, sumar cursos y conocer lugares que jamás habían estado en los planes iniciales.“Nos dimos cuenta de que todo eso que creíamos haber dejado atrás eran solamente cosas. En cambio, empezábamos a incorporar tranquilidad, tiempo y experiencias que tenían mucho más sentido para nosotras”. La pandemia cambió nuevamente el rumbo. Las sorprendió en Paraguay y transformó un viaje de pocos meses en una permanencia de casi dos años. Cuando las fronteras comenzaron a abrirse, tuvieron la posibilidad de seguir hacia el norte. Sin embargo, eligieron regresar a la Argentina. Los padres de Flor habían atravesado el Covid y ambas sentían la necesidad de reencontrarse con la familia después de tanto tiempo de incertidumbre. Aquella decisión, lejos de ser un retroceso, terminó reforzando el sentido del viaje. Comprendieron que la libertad también consiste en poder cambiar de dirección cuando la vida lo pide. Superada esa pausa inesperada, retomaron el camino hacia Bolivia. Fue allí donde la camioneta también se rompió.“Creo que esa fue la primera vez que nos miramos y dijimos: ‘Es una locura lo que estamos haciendo, nos queremos volver’”. Pero no volvieron.Entendieron que el problema no era el viaje, sino seguir dependiendo de un vehículo que ya no podía responder a las exigencias de una aventura tan larga. Así nació Calimba 2.0. Regresaron a Buenos Aires para diseñar una nueva casa sobre ruedas. Permanecieron allí alrededor de un año mientras adaptaban el vehículo para trabajar, vivir y viajar con mayor comodidad. El plan parecía perfecto. Volvieron a encontrarse con la familia, recuperaron cierta rutina y retomaron proyectos profesionales. Sin embargo, poco a poco apareció una sensación inesperada.“De repente estábamos otra vez pasando horas dentro de una oficina. Seguíamos haciendo cosas que nos apasionaban, pero entre cuatro paredes. Intentábamos apagar la idea de volver a la ruta y, sin embargo, el deseo de viajar era cada vez más fuerte”. Fue durante esa etapa cuando comprendieron que el verdadero cambio ya había ocurrido dentro de ellas. La casa no era el departamento al que habían regresado. Tampoco la camioneta recién terminada. La casa era esa forma de vivir que habían construido durante el viaje.“Antes pensábamos que una buena vida era tener estabilidad, una carrera consolidada y cumplir determinadas metas. Hoy el éxito dejó de ser llegar para convertirse en habitar. El bienestar ya no es un destino, sino un estado de presencia. Es poder despertarnos sabiendo que la vida que construimos refleja nuestros valores”. Con Calimba 2.0 retomaron el camino. Recorrieron Chile, Perú, Ecuador y Colombia. Más tarde embarcaron el vehículo rumbo a México para continuar por Estados Unidos y Canadá hasta alcanzar el destino que durante años había ocupado un lugar privilegiado en el mapa.Cuando finalmente llegaron a Alaska, el sueño estaba cumplido. Después todavía siguieron unos kilómetros más, hasta Prudhoe Bay, el punto más al norte al que puede llegarse por carretera en América. Allí sintieron que el círculo, al menos en parte, se había cerrado. Habían unido Ushuaia con Alaska por tierra, tal como habían imaginado años atrás. Hoy suman más de 101.000 kilómetros recorridos entre los dos vehículos y todavía no saben cuándo emprenderán el regreso hacia el sur. Ya no hacen planes tan rígidos. El viaje les enseñó que algunas de las experiencias más valiosas aparecen justamente cuando la hoja de ruta cambia de manera inesperada.“Aprendimos que la verdadera confianza no consiste en saber que nada malo va a pasar, sino en descubrir que, si pasa, tenemos la capacidad de resolverlo”. Cuando se les pregunta qué encontraron durante estos años que nunca imaginaron estar buscando, ya no hablan de paisajes ni de fronteras. Hablan del tiempo. De la posibilidad de organizar la vida siguiendo el ritmo del sol. De cocinar sin apuro, trabajar con sentido, detenerse a mirar un oso a lo lejos, aprender a atrapar un salmón con la mano o compartir unos mates por videollamada con la familia. Hablan de recuperar la soberanía sobre el propio tiempo y de descubrir que el bienestar puede ser mucho más simple —y mucho más profundo— de lo que alguna vez imaginaron. Si hoy pudieran volver a encontrarse con aquellas dos mujeres que todavía dudaban si renunciar o no a sus trabajos, les dirían apenas una frase: “No desperdicien los primeros kilómetros llorando por la incertidumbre o por lo que dejan atrás; guarden esas lágrimas, porque más adelante las van a necesitar para transformarlas en lágrimas de pura felicidad”.
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